Tus décimas

Vienen y dicen ser tinta,

hasta procuran volver,

porque aquel es mi deber,

poner letras en la quinta.

Se preocupan por la pinta,

quieren que las lean otros,

las contemplen como astros,

quieren merecer aquello

por lo que yo me atropello,

mis urgencias por tus rastros.

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El bajón

Nos juntamos a tomar mate en el Parque Rodó, camuflamos una actividad anhelada, con otra. Los primeros mates fueron amargos como nuestras respuestas, parecía que fraguábamos para deshacernos, más que para construirnos. A nuestra izquierda, una mamá amamantaba y era feliz, al igual que quien se alimentaba, a nuestra derecha, otra vida, que figuré olvidada de los primeros nutrientes que absorbieron sus raíces y concentrada, ahora, en recibir del movimiento ajeno una esperanza joven. Nunca faltan los contrastes situacionales, nosotros estábamos para compartirnos de otra manera.
Me dijo que tenía unos ricarditos en su apartamento, en el congelador, y luego de darle la última pitada al tabaco, matándolo, le contesté que me gustaba que me ensanchara, equitativa y simultáneamente, el estómago y el corazón.
Las cuadras fueron estremecedoras, pero despreocupadas —la complicidad sana las inquietudes—, también éramos dos sonrisas y nuevas tangentes exploradas, o todo mordidas y olor a ladrillo húmedo en la espalda; las escaleras ofrecieron descansos para llegar con cumplida desinhibición al atalaya; el último escalón no demandó nada.
No sabíamos qué nos comeríamos primero, si el mundo o el ricardito, e internacionalmente convergimos.
La mesada de la cocina era una pizza congelada, la misión era templarla y agregarle los gustos que quisiéramos. En el sillón del living, mullido como un panqueque americano, probamos la miel. En la cama el pan no sobraba.
Dejamos, por suerte, espacio para el postre y le entramos a la alfombra, terminando convalecientes y arroyados como le pasa al dulce de leche. Los ricarditos ni los vi.

Sobre la luna

Banderas que siempre flamean van marcando el peregrinaje del sutil, pero empecinado, viento y comparten espacio en el cielo con la mirada argéntea y atenta de la luna llena.
La rubia que caminaba sobre la orilla ha decidido tropezarse de forma espectacular con una roca, resultó en todo una maniobra circense. Nos saluda a todas y todos en la playa y con el agua escurriéndosele de las cejas, la pera, la palta y el pelo anuncia su acto final. Se tira al agua con un clavado digno de Olimpíadas y nada perrito hacia el fondo. Se ha ahogado, los guardavidas toman mate, los niños buscan caracoles en las sinuosas huellas que dejó el oleaje nocturno, y nosotros nos tomamos el sol como si fuera un licuado de frutas o un helado de frutilla y limón. Esto es el día.

No hay silencio en esta casa, habitan ya con mis células las pueriles bacterias del insomnio. Negando hasta la última gota indivisible de mis niñerías, lograré cortejar a mis hábitos para que vuelvan. Aunque me sienta vulnerable y cómodamente incómodo, y me haya convertido en donante de sangre honorario. Con este exceso de luz entrante en la retina, han llegado las ideas, de ficciones u ocurrencias, aún no logro diferenciarlas. Esto es la noche.

A vuelto a amanecer para despertarme, no ha sido de otra manera, porque escribir es un remedio infalible para lograr los ensueños antes de que llegue el sol a quemar iniciativas. Me he mentido a mí mismo o, sí, ha sido el consumo precipitado de tanta razón, porque la noción del día se me ha ido como las escrupulosas mociones al final de una jornada abarrotada de decisiones y ademanes. También es el ocaso.

Aceptás la continuación de la trama, los términos conjugados en presunciones y entrás dentro de relatos en plural, te movés como querés allí y determinás o augurás posibles finales y te retiro antes de que lleguen.
¿Sabés cómo te reengancharías? Con los ojos soñolientos, por supuesto. Soy el que sigue redactando, recolectando, en las hileras de la costa, ciertamente lento, pero con el sabor de lo que perdura por su propio motivo, las insistencias de la curiosidad.
Contemporánea de la emancipación, no sos una urgencia aonia, me place mucho más tu creación.

Onirismo vivencial y antidarwinista

Anfibia del sueño y la vigilia, o sea, la vida. Te despertás, abrís los ojos, de la misma manera en cualquiera de los dos, imagino. Amándolos por igual, parece.

Sos la técnica del chancho lindo, casi de porcelana, en persona, autoproclamación presuntuosa, pero para nada desoída. Y te dormís.

Cada uno ha encontrado el tiempo para su arte y también escuchamos el silencio que practicás con los ojos cortinados. Nos acompañaban las confesiones al viento, este, que de visitante no tiene una ráfaga.

Che, si los chanchos pudieran hallar huequito donde meter un dedo gordo para descansar sin distracciones exógenas ni ero ni tanto humo de tabaco, se denunciaría el labor de biólogos en masa. Ya le preguntaremos al abogado que viene más tarde, ya vas a ver, soñarás con algún vacío legal.

Pasional ortodoxa, dónde se ha ido toda tu energía con la que había tambores y bailabas, la que ninguno logrará plagiar jamás. Ah, estás sumergida nuevamente. Fluctuando en deseo y subconsciencia, en jardines o mares de flores del dilucidar, secas y encendidas o aún vivas. Lo recordarás luego, todo lo onírico, pero solo las imágenes no te salvarán, por más vívidas que sean, para describirnoslas minuciosamente, así, con lujo de detalle, como querría cualquiera. A todos nos pasa, no es que seas boluda, boludita.

No hay detalle que no valga, así como la inquebrantable voluntad de la brillantina para no desprenderse nunca de nada. Hay maneras de despertarse del idilio para caer en otro.

Para leer los domingos

Etérea libertad del ser que dota a la decisión de sentido y crece en la cara del compungido, que adora a falsos dioses a veces y, muchas otras, por convicciones individualistas y nihilistas, fundamenta, falsamente, por qué no ha procedido de tal o tal manera. Nos enferma a todos la imposibilidad de decirse la verdad uno mismo a los ojos, porque eso no se puede hacer con la ayuda de un espejo, que siempre lo transforma todo en virtual e incompleto.

Al final está el fin, al comienzo siempre lo estuvo, pero concederle las caricias al tiempo y que este te responda con miradas de «nada se puede hacer», de cierta manera me atrae. Relativizo y genera esperanza. Podemos hoy, no lo sé mañana.

El giro y la puja que le hemos concedido a nuestros pareceres me parece mutuo, sin embargo queda el quedar y falta la cercanía y las respiraciones compartidas, de tanto oxígeno creo que arderíamos, pero el fuego azul, verde, multicolor, no le a disgustado nunca a nadie, hipnotiza y nos comprende mucho más, creo que sabe lo que buscamos y el por qué de lo que encontramos.

Para peor tampoco sé si me explico.

En aquella península, por poco isla

—Aquí y ahora —dijo el gurí. Esa era la clave del wifi.

Me senté en la única mesa que quedaba afuera, chiquita y enclenque, pero útil. Solo necesitaba espacio para apoyar la computadora, el cenicero que robé de otra mesa y mis brazos, cansados de agitarlos, hacía rato, en calidad de señal hacia vos, Uli. No escatimé en descanso, para poder volver a anclar las ganas de que te dieras cuenta de mi presencia, si aún no lo habías hecho. Tengo la leve sospecha de que ya sí, pero ¿qué hago ahora, si no hay contexto, pero sí pretexto?
Si cuando te encuentro por ahí, es sinónimo de miseria yéndose a la mierda junto a lo que se llama futuro, y el presente se instala, se planta y bebe el agua de lluvia que las nubes negras le regalan, porque para él son serviciales y no un mal augurio.
Además, está la cuestión irrisoria, hormonal, que, luego de tu imagen, respirar, caminar o mantenerme simplemente de pie viene acompañado de un simún que nunca imaginé en el sur.
Cuando hablas es el sitar calmo e inductivo de los sueños, que, aunque casi nunca los recuerdo, adivino saludables y regeneradores. El primer despertar fue causal y el promontorio necesario para divisar mis intenciones, con las que luego me reuní en el pedestal que se encuentra en el lomo de una ballena.

Desde aquí, desde siempre

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Foto de Santiago Edye ( Instagram: @santiago_edye y @arandanolightworks, Facebok: facebook.com/Crystalboxaudiovisual)

Entre tanto deambular, he encontrado un montículo sobre el que me puedo sentar a ver los saltos que se dan a mi alrededor, ¿es un entretenimiento? Sobre los saltadores hay que destacar su avidez por la altura.

Algunos, en el despegue, dejan un revoltijo de porquerías y después velan por no volver a verlas al aterrizar, por que no se les haya colado alguna en la maleta o en los bolsillos del pantalón, muchos otros llevan estos tan vacíos que cuando el piso los ataja no le encuentran sentido ni a los pantalones. Todos estos impulsos realizados con tanta entereza, con la energía que solo se encuentra en las virtudes, me dieron vértigo.

Cada vez que miro al suelo se parece más al cielo y ahora sé que, si bajo, el camino me parecerá infinito, porque para subir he tenido que saltar y porque he sido siempre voyeur de mis propios acontecimientos.

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