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La historia de los mares

Encontré nuevamente tu recuerdo, escondido en el más trivial de los rincones. Lo abracé durante un rato hasta asfixiarlo y me quedé sin aire para revivirlo.

Ahora ando buscándolo en el papel, en los rulos de alguna desconocida y hasta en la presencia de las ratas que chillan por las noches, me llaman desde la calle. Ven, ven con nosotras, nos meteremos en los recovecos que aún te faltan recorrer del querer, me dicen, y cuando salgo afuera no encuentro más que la calle en silencio unánime.

Mi memoria es un ente melancólico e independiente que insiste con la imagen de un aeropuerto, tus piernas cruzadas y, frente a ellas, mi cabeza gacha dedicándote mares.

Las humanidades actuales

En agosto de 2015, un grupo de tiburones blancos de las costas americanas del Atlántico vieron a otro de su especie, pero de cuerpo ferroso, saltar como ninguno de ellos lograría hacerlo jamás. No muy lejos de allí, una noticia que sobrecogía a los seres humanos tenía como protagonista a un pez espada que vestía con escamosa metalistería. Con su pico largo había atravesado a un humano que se bañaba mar adentro, al lado de su yate blanco como la inocencia, y disfrutaba de un día ideal de verano; dejándole a su especie una muy mala imagen y reputación, y otra razón a los pescadores para ir tras ellos.

Aquí, los humanos, ¿qué hacen? Bueno, a pesar del percance con la única vida perdida hasta el momento, se vanaglorian por su capacidad de invención, y se trocan elogios. En las distintas mesas del mundo es tema de conversación y de estúpida sociabilidad visual. Esperaban a que saliera a la venta, el nuevo invento, el Seabreacher.

Por otra parte, los peces espada arman un sindicato y, así como viene, cualquiera adivinaría lo que los tiburones blancos hicieron, pues así pasó, y estos también tuvieron el suyo. Un grupo de tiburones ballena aprovechan las aguas caldeadas para presentar también sus denuncias, de diferente índole, vale aclarar, como el derecho a la privacidad, apelando al cese de la filmación 24/7 de parte de los documentaristas, permitiéndoles a estos, sí, grabarlos por un período más acotado, como lo eran las 8 horas diarias y con algún que otro día libre; y armaron otro.

Entre tanto alboroto peligroso, muchos otros peces se escondieron por ahí o les urgió la migración.

Las tortugas fueron las últimas en unírseles con una nueva asociación, puesto que el veloz cuatriciclo híbrido había salido a la luz unos meses más tarde, estaban cansadas de tanta ironía; y así el cuadro se completó y se manifestaron. La naturaleza atacó a los humanos, naturalmente, y los humanos, al final, vencidos, pero nunca perecederos, replicaron que gracias a sus novedosos chiches, ellos, ahora, al parecer, tenían la capacidad de razonar y de hablar.

En el correr de los años hubo más inventos y más humanos. Los sindicatos acuáticos se disgregaron, reptiles y peces se fueron pensando que los humanos estaban en lo cierto, pero volvieron a sus andares y jamás se los volvió a escuchar, porque ya se habían olvidado el motivo por el cual pronunciar palabra alguna.

Feria de arte

Desencadené la determinación al querer comprometerme con la cultura Montevideana. Estoy en una feria de arte en el Museo del cannabis. Es austera. Me presento al aire acogedor y acepto la etérea presencia de los artistas exponedores.

Ofrece arte contado con los dedos de una mano, pero buena, dentro de los márgenes estéticos que creo que se propone. No voy a mentir, he vichado sin darle tiempo a la contemplación, pero es que ya conozco la obra de una de las artistas, y es lo de ella lo que hasta ahora me ha gustado de esta feria, y soy muy beligerante en los gustos, no dejo prisioneros.

Ahora espero a una amiga para que me ofrezca una mirada de esas que entienden más de la forma y el sentido en su conjunto y que yo desconozco, por mi escepticismo al sentido, o por mi timidez a conocerlo con el discurso dado de los autores, o por miedo a decepcionarme con este, puede ser.

La música está bien y Sofía dibuja bien.

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Se me aparece la burlona necesidad de escribirte, Citadina, mientras leo, como queriendo enfrentarme a las obras que me educan, pero no para mostrarme cercano a su llamado o su argumento, solo porque te veo de vez en cuando y me lo permitís.

Una sustancial caricia, el roce de sus fundamentos airosos por la calle, el beso impertinente del frío, que tiñe tus mejillas de un rosado profano entre tanta leche y miel. La queremos tanto a Montevideo. Dime luego si todos esos, sus ademanes, no te sirven de excusa para encuadrar la vida, antes de que ella te encuadre a vos.

Me siento el rey de Babilonia, el de Borges; mi laberíntico destino no lo justifica su arquitectura, sino que mi repulsión frente a los arquetipos y sus fieles seguidores. El Pragma, solo con vos, Citadina, qué repulsivo. Esta ciudad es un laberinto de ideales encontrados, como el león que come solo lechuga crespa, saboreando sus relieves como si fuera carne y pellejo; como la historia del negro que adoptó una niña que era blanca y esta al preguntarle alguien, años más tarde: ¿por qué?, contestó que su padre era dulce como el chocolate y se quedó huérfana, porque él se derritió de ternura. Nunca nadie supo si aquello fue una zalamería o una verdadera muestra de afecto o una venganza.

Lo que yo sé de verdad, hasta ahora, me lo ha donado todo con la fuerza de sus vientos del sur, que surcan por allí y por allá y llegan a 18 de julio, la extraña y embriagadora Montevideo.

Comienzos de una varieté reflexiva

Me he sentado aquí, pero primero cabe decir que he llegado aquí con invitación, procurada por un contacto ligado a los dueños de esta mesa. Ahora sí; me he sentado aquí, en esta mesa, redonda y cuadrada a la vez, según ellos. Me han servido la taza de té correspondiente.

Les juro que he intentado que los sorbos no me hielen los labios ni me dejen el gusto amargo de las teorías conservadoras de la época, porque todo surge en algún punto, se desarrolla y, luego, tiene un fin; lo conservador es seguir viviendo en el desarrollo, con el té frío.

Ellos lo toman igual, té helado, la sospecha de los ingleses, y el recién hecho que he traído no me lo han aceptado. Ahora, el cuadro lo he completado con la palabra, esa cosa mutante, que toma sus significados depende el contexto, los tropos muchas veces toman el lugar y la causa. Y fue este el caso, en el que lo que yo había dicho era figura retórica poco imaginable.

Me han confundido con un posmo, y, por eso, me han dejado entrar. Les he contado la verdad, que soy un ecléctico y parece no haberles importado, pero no porque aceptan a los contra, ni a los parcialmente contra, como yo, sino porque creen que el eclecticísmo es parte del posmodernismo y, hasta, que este lo destruye para definirlo de esta nueva manera.

Pero todo pos es lo que ha sido destruido, es una mera etapa para otra cosa, como ha pasado siempre con las eras; el posmodernismo son las consecuencias del modernismo, que fue la ruptura definitoria de las barreras de lo anterior, lo que yo, Damián, creo ahora, es que el Ser, luego del posmo, va a seguir al excelentismo, al perfeccionamiento de todo lo que él ha podido y puede lograr, y luego el posexcelentismo será otra historia.

Los jerséis perfumados

Suspiro las evidencias de la roca que llevo en el estómago, redondeada por el tiempo, pero, aún, un resabio anguloso en el paladar. Me maldijiste y no cuestiono tus poderes, pero no creer en tus últimas palabras es mi credo; sí creo que estás de acuerdo conmigo, que fue necesario decirlo todo para que el futuro sea una contradicción tan cómica que, al final, mis escritos den pena. Me leeré en unos años y una lágrima se me caerá bailando, haré puchero aguantándome las ganas de cantar y me moquearé queriendo, empuñaré lo que tenga cerca y lo apretaré con todas mis fuerzas, esperando sangrar multicolor, y una pizca de sal, un baipás, y contigo.

Pero antes quiero anunciarte que, poderes, yo también tengo, no te hagas la exclusiva, Uli. Con tan solo la revocación de todo tiempo próximo imaginado, los manifiesto sobre un rango infinito, un aura invisible modificadora y evolutiva. Por eso no los puedo usar, por pensar en abrazar jerséis y no suéteres, porque lo platónico abunda en mí, en línea recta, de sien a sien, y contigo.

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Citadina, ¿cómo estás? Desde tu última mención no ha pasado mucho, lo sé. Es que me urge detallar, sugestionar las conciencias atentas de esta ciudad y sobrecargarlas, porque solo los que leen son los leídos y solo los que escuchan son los escuchados.

Lo he dicho y me lo han dicho, «No ves el fin, ¿eh?». Y estábamos tan equivocados. Vemos el fin, y es por eso que aletargamos todo para que no llegue, y digo aletargar porque es el verbo que describe el recorrido mal recorrido, el camino mal caminado. El fin es poco perjudicial, el fin es la eternidad contemplada, ni leída ni escuchada.

Estaba guardando una flor tan deshojada que daba lástima, Citadina, pero es que este domingo es una ración de piedras y peldaños, o sea, una ración de frío, o, mejor dicho, una ración de camas de una plaza y puertas cerradas, o sea, una ración helada.
Hoy es lo único que puedo calentar, prender mecha y animar, voluntariosamente, sí. Luego todo dependerá de tu estufa y si no se le rompe el chisquero, porque yo tengo encendedores de sobra, justamente, para estos días, así lo creo ahora.