Sin título

Qué bella utopía,

esta, la anarquía,

que pasea rimbombante

en boca de los hablantes

vestida de distopía.

 

 

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Las toras

Yo conocí a un grupo de amigas que se autonombraron «Las toras», en ese momento, creo que ni ellas ni yo sabíamos lo que significaba, quizás ellas y muchos le atribuíamos otra interpretación a aquel nombre o a cuando decían que pechaban e iban pa delante, a la actitud misma que tenían en sociedad.

Ahora, unos años más tarde, no sé si aún existirá aquel grupete y, si es así, si apreciarán de la misma manera aquel nombre, si su devenir habrá rendido honor a este, así como lo hacían desde un principio sin saber que se estaban emancipando. Espero que sí, que Las toras ahora se hayan dado cuenta que se erigieron entre tantos otros grupos de amigas que tenían nombres como: «Las putis», «Las trolis», entre otros, que lo que demostraban era la completa subyugación del macho en la que estaban sumergidas. El contexto social en el que se criaron y se movían Las toras, en una ciudad pequeña en la que las opiniones abundan y algunas verdades son calladas, no les era un obstáculo. Algunas de ellas andan en Montevideo, pero es así, la revolución nace en todos lados, denle espacio o serán pechados.

A veces un absurdo

En una fiesta muy buena onda, encontré a una amiga del liceo al que iba. Estaba detrás de unos arbustos, parecía estar vigilando a alguien.

—Te veo, no te escondás, vení, salí de entre las plantas —le dije, haciéndole señas.

Se acercó con el vaso en la mano y pegado a la panza, como quien no encuentra lugar en la barra y al rato anda con el brazo cansado.

—¿Cómo andás? —le pregunté.

—Bien, ¿vos? —me contestó, casi susurrando.

—Muy bien, ¿qué hacés acá? ¿Vos no ibas a estudiar ingeniería, economía o algo de eso?

—Y vos también, ingeniería, sí —dijo, y le cambió la cara. Supuse que le había parecido una pregunta hostil.

—Sí, pero ahora soy pintora, estudio en la Escuela de Bellas Artes de Rigoberto Arturo Salinas Linoldo, pero soy pintora —le contesté.

—Yo soy escritora.

—Me di cuenta, yo leo mucho, te leo, me dices cosas y te leo, ¿sacás?, quizás solo una persona lectora me hubiera contestado con lo que verdaderamente es, pero vos…, no leés, se nota, escribís sin leer, entonces, ¿cómo sabés contestarme así?. ¡Petulante!, venís de atrás de las plantas, con tu vaso, ¡prepotente!, y te hacés la escritora, pero las escritoras tienen que leer para escribir bien. —Y ya no sabía ni por qué me había calentado re.

—No sé leer.

—… ¿Cómo que no sabés leer? —Estaba shockeada.

—No sé leer, no sé leer.

—¿Y cómo escribís? —No me entraba.

—Con la boca, la lengua, te digo cosas y te escribo, ¿sacás?

—Saco. —Lo entendía, creí.

Nos comenzamos a chuponear. Efectivamente, era literatura, lo que nunca leo.

Carla Magna

Montevideo, lunes 12 de marzo de 2018.

Carla:

Tan simple ha sido nuestro desapego como tu nombre. No sabía qué decirte que no te hubiera dicho ya, esta carta es el tirón superfluo de mis rencorosos impulsos. Volver atrás se me ha hecho un pasatiempo, a muchos les afecta negativamente, pero a mí ociosamente. Nos queríamos, nos queríamos dejar, tan bonitos son los rostros cuando, de pronto, felices, encuentran lo que buscaban.
Pero es como te comentaba, hay algo que tengo dentro, impulsivo, es independiente y es la semilla del miedo metaproposicional que aparece tardíamente, me pregunto si a vos te pasará. Te vi pasear al perro y a tu nuevo sentimental errante y pienso que eso la hizo germinar.
Fue contraproducente que, luego de aquel avistamiento que para vos pasó desapercibido, yo te fuera a tocar la puerta para llevarle unas galletitas y agua a Pachu, que imaginé exhausto, luego de que lo arrastraras, con una correa cortísima, varios kilómetros por un beso de tres segundos y una mueca de satisfacción poco demostrativa. Sí, los seguí y espié, injustificable.
Me recibiste no entendiendo nada y me echaste entendiendo menos, por eso te escribo, explicándote por qué me despachaste, esperando que me contestes, si es que ya lo has descifrado, por qué fui tan bien acogido, con mates, abrazos y, luego, sábanas.

Besos de minutero,

Erlend.

Amantes

Tu idioma al parecer, como me lo cuentas, está lleno de matices, al contrario del que la gente de acá acostumbra a hablar. Estás en lo cierto, hay veces que nos entendemos tan poco, ellos, tú, yo. Silvana viene a comer el domingo por la noche. Cuando la llamé para saber cuál era ese queso que me hizo probar una tarde, este verano, en la que buzos y bufandas lo relativizaban, hasta tomamos unos mates sin pausarlos en ningún momento, se autoinvitó y me dijo que me traería un cuarto de kilo que ayer había comprado en la feria, por si surgía alguna juntada que justificara su superficie agujereada, su textura de color amarillo apagado y su suave cuerpo, y que lo picaríamos acompañado con un tinto que yo debo ir a comprar, porque lo vio en la licorería que está a unos metros, cuando salía de casa antes de ayer a la mañana, nos habíamos juntado la noche anterior a hablar sobre los horneros y sus nidos y terminamos picoteando el tiempo, se encaprichó con este vino porque tiene la imagen de un ejemplar volando sobre su etiqueta. Pero no creo que sea la cantidad de palabras inexistentes una excusa para pensar que Silvana trama algo que yo no he dicho, algo que no puedo expresar. Ahí erras, puedo comentarte con gran elocuencia a lo que viene Silvana, ella cree que las picadas se comparten, si no, hubiera preferido ahorrarse el tiempo de cortar, siguiendo, con ortodoxia, sus principios simétricos, el labor constante de su mano con el cuchillo, y habérselo comido como quien lo hace con una rebanada de sandía o de melón con jamón. Porque lo trae troceado, sí, nadie querría que el perfume de la noche fuera más lácteo que el de la luna, cuando esta nos muestra toda su forma, o de la galaxia misma, aun si lo podemos tener durante toda la velada en nuestras manos y no tan lejos. Pero con Silvana siempre nos hemos entendido, ¿o no ha sido así? Los matices aquí los vivimos, hacemos de ellos una paleta de posibilidades.

Lucilia de la posmodernidad

Lucilia, me preguntas cuánto vale el sabor de la vida, o sea, el arte, y he visto el claro ejemplo de mi respuesta en vos. Tanta avidez por conocerlo todo contentaría al mensaje de Jodorowsky. Quieres que el artista luche no por «likes», sino por su valor real. Qué difícil es encontrar aquello que buscas, por la naturaleza misma de la palabra, limitar, cuando nosotros anhelamos todo lo contrario. Ahora, y si respondo a los signos, ¿qué queda del libre albedrío? Todo, no son instrucciones ni instituciones, son el parecer y las ganas tomando las riendas. Son el buen camino, necesitamos de estos, confirmaciones, no de un mapa, pero los indicios de que estamos trabajando en uno, que, luego, no guiará a nadie ni a nada, porque otro no puede ser uno y uno ya es uno, y no hay obra más narcisista y al pedo que recorrer un camino de nuevo para intentar volver a ser lo que ya se es. Con él no encontraríamos antiguos obstáculos, que nos precipitaríamos a imaginar intactos, ni los atajos volverían a ser los mismos; no llegaríamos al punto deseado porque, al final, nos habríamos movido siempre junto a él, parado sobre él, y estaría desgastado, luego vendría la recaída, siempre pensando qué hubiera pasado si… Se debe seguir el pensamiento análogo para quien encontrase mapa ajeno. Los signos son lo sin palabra, no hay conexiones pasadas ni futuras en ellos.

El artista está condenado a no saber nunca lo que vale su obra, y como literato lo veo así: yo escribo algo y ya lo solté, al ponerle el punto final ya no me pertenece. Sí, lo escribí yo, pero el narrador es otro y será otro más para otra persona, una pintora termina su obra y ya no es de ella, es de cada ojo que la observe. El arte es un signo que al culminarse el proceso de su creación pierde toda dirección objetiva de valor y concepto y entra en una nube, penetrable, pero por muchos caminos, luego las personas seguirán unos u otros para entenderla y valorarla. Me dices qué bonito es eso, obsequiar al mundo, pero que, al final, inexorablemente, el artista tendrá un valor que circunda sobre la apreciación de su arte. Tienes razón, a lo anterior hay que añadir que el arte es la encargada en evidenciar quiénes somos y que por eso es promovida, pero también que no solo somos uno en el lugar en el que nos encontramos, y así el artista toma conciencia de que el valor que él le da no es el único que su obra tiene.

Es cierto que el amor es la fuerza más grande de emancipación en el arte y apreciarse a uno mismo es importante, pero también lo es ser autocrítico. Cuando yo siento el éxtasis final de una creación se que me he superado, pero al mismo tiempo sé que luego crearé algo que me parecerá mejor aún, porque le encuentro fallas o nuevas verdades reveladas a mi obra y a mi ser anterior, al releerme, al observarme retrospectivamente, y luego cedo a mi deconstrucción, para seguir avanzando y evolucionar. Así reconozco como fluctúa mi propia adjudicación de valor. Y para que merezca la pena haberme leído hasta estas últimas líneas, Lucilia, te regalaré las palabras de uno de los pilares inderrumbables sobre el que podemos apoyar este pensamiento que hemos construido juntos. Dijo Cortázar: «Yo sé muy bien que un escritor no llega nunca a escribir lo que él quisiera escribir y que, cada libro nuevo, un libro más, es en cierta medida un libro menos, menos en ese camino para irte acercando al libro final y absoluto que nunca escribes, porque te mueres antes.» El valor nace antes que la obra misma, pero esta se revalúa al nacer y la obra renace constantemente con el inevitable transcurrir del tiempo y con nuevas creaciones. Si las últimas tres palabras del maestro Cortázar te producen horror y crees que desencantan toda su idea, entonces te paso el mail de Séneca. Adiós.