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La historia de los mares

Encontré nuevamente tu recuerdo, escondido en el más trivial de los rincones. Lo abracé durante un rato hasta asfixiarlo y me quedé sin aire para revivirlo.

Ahora ando buscándolo en el papel, en los rulos de alguna desconocida y hasta en la presencia de las ratas que chillan por las noches, me llaman desde la calle. Ven, ven con nosotras, nos meteremos en los recovecos que aún te faltan recorrer del querer, me dicen, y cuando salgo afuera no encuentro más que la calle en silencio unánime.

Mi memoria es un ente melancólico e independiente que insiste con la imagen de un aeropuerto, tus piernas cruzadas y, frente a ellas, mi cabeza gacha dedicándote mares.

Los jerséis perfumados

Suspiro las evidencias de la roca que llevo en el estómago, redondeada por el tiempo, pero, aún, un resabio anguloso en el paladar. Me maldijiste y no cuestiono tus poderes, pero no creer en tus últimas palabras es mi credo; sí creo que estás de acuerdo conmigo, que fue necesario decirlo todo para que el futuro sea una contradicción tan cómica que, al final, mis escritos den pena. Me leeré en unos años y una lágrima se me caerá bailando, haré puchero aguantándome las ganas de cantar y me moquearé queriendo, empuñaré lo que tenga cerca y lo apretaré con todas mis fuerzas, esperando sangrar multicolor, y una pizca de sal, un baipás, y contigo.

Pero antes quiero anunciarte que, poderes, yo también tengo, no te hagas la exclusiva, Uli. Con tan solo la revocación de todo tiempo próximo imaginado, los manifiesto sobre un rango infinito, un aura invisible modificadora y evolutiva. Por eso no los puedo usar, por pensar en abrazar jerséis y no suéteres, porque lo platónico abunda en mí, en línea recta, de sien a sien, y contigo.

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Citadina, ¿cómo estás? Desde tu última mención no ha pasado mucho, lo sé. Es que me urge detallar, sugestionar las conciencias atentas de esta ciudad y sobrecargarlas, porque solo los que leen son los leídos y solo los que escuchan son los escuchados.

Lo he dicho y me lo han dicho, «No ves el fin, ¿eh?». Y estábamos tan equivocados. Vemos el fin, y es por eso que aletargamos todo para que no llegue, y digo aletargar porque es el verbo que describe el recorrido mal recorrido, el camino mal caminado. El fin es poco perjudicial, el fin es la eternidad contemplada, ni leída ni escuchada.

Estaba guardando una flor tan deshojada que daba lástima, Citadina, pero es que este domingo es una ración de piedras y peldaños, o sea, una ración de frío, o, mejor dicho, una ración de camas de una plaza y puertas cerradas, o sea, una ración helada.
Hoy es lo único que puedo calentar, prender mecha y animar, voluntoriosamente, sí. Luego todo dependerá de tu estufa y si no se le rompe el chisquero, porque yo tengo encendedores de sobra, justamente, para estos días, así lo creo ahora.

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Porque se está dando antes, el alba hoy es día, el mundo ya no está pendiente, aquí, y carga con libertades que asustan, por esto es que hoy llama a mi puerta la necesidad de escribir sobre vos, Citadina. Vos que temés y no temés, que te escurrís, pero igual te encontramos; bueno, sí, escurriéndote.
Porque leo lo que leo y me parece que estamos adelantados, los lugares que recorren los literatos son ficticios, cuando están escritos, pero seguimos viéndolos a ellos dentro de su propia obra, con su edad, es por eso que yo, joven, no entiendo cuál es el lugar del tiempo en lo que vamos conociendo, si es que tiene cabida realmente.
A pesar de todo, es real que existís, es lo bueno, porque necesitamos la fuerza de la ciudad, fresca y latente, que nos donan los amantes de Montevideo, ciudad mansa y aceleradamente quieta, bohemia y, a veces, esnobista, pero cómo la queremos, ellos, tú, yo, y mañana quizás también los otros.
Te gustan los bares; vamos.
Se ha perdido la cultura de los cafés, y si es uno, que sean dos, porque ya ni saben qué tan grande es un expreso común, ni cuánto puede durar uno si se estuviera bien acompañado. Y lo ven tan extraño que sienten la necesidad de sacarle fotito a la tortita, al bizcochito, a la cucharita, y se olvidan del café, ya tan frío como sus lenguas que, al parecer, la tienen de adorno; náuseas, bancame un segundo, ya vengo.
Pero vos, Citadina, vos sos la excepción, has entendido perfectamente y te suplís de todo lo que está bien, los pequeños detalles, y tu sitio tranquilo y de austeridad mágica es para otros una simple plaza re cagada por palomas; mirá allí, formaron una M con caca, qué asco, ah, pero mirá, sin embargo, ellos enseguida vieron una obra de arte.

La anatomía de la pizza

He desarrollado la habilidad de manipular el tiempo de una hora, lo que dura en hacerse una pizza, por decir.

Desde que sé cuándo empiezan sé cuándo terminan, mis 60 minutos. Es cuestión de administar los caprichos, los deseos y las responsabilidades. Los primeros son los que componen las actividades que efectivamente realizaré durante esa hora; los segundos son todo lo que no llegaré a hacer; y las terceras, por ser de naturaleza caprichosa, forman parte de tan solo un subgrupo de los primeros.

Mis caprichos, conforman un grupo finito, mis deseos uno infinito y, aunque parezca imposible, cabe todo, minuto por minuto.

Aún no logro transponer este don hacia los días, mucho menos hacia los meses o los años. Qué resuelto estaría todo, la seguridad invariable, el futuro irreprochable, el ahorro en infraestructura de aquellos que construyen sus caminos. La vida, una receta con tres ingredientes.

A bordo con Bohemia y la dicotomía del ser.

¡Qué declive de la razón!, los caminos sinuosos del deseo. Qué trabajoso apartar la vista de tus hombros al descubierto, mi marinera.

Tomaste el timón en la feria de Tristán Narvaja y no sé qué era, si las rayas azules sobre el blanco de tan ajustada y escotada camiseta, si tu espalda en parte desnuda o si tus hombros, que eran el mar acotado, y su perfume de avellanas, de dulce aproximación; lo que me advertía que, en ese instante, vos, eras mía. Fantaseaba con tener una infinidad de otras oportunidades, pero nada duraría más que unos pasos, un par de calles y, al final, el adiós unilateral. Entonces, me sumergí. Así, como un ancla, pero sin cadenas que la sujetaran. Ya vendría otra pirata viendo oro en todas partes.

No me podía mover ni dejar de pensar en lo que pudo haber sucedido si hubiera seguido detrás de tu vaivén y de tus omóplatos libertinos, si los hubiera seguido hasta la puerta que exige dos o más voluntades, dos o más deseos deseosos de desearse un poco más.

Bohemia, saltemos a bordo algún día, te quiero llevar a buen puerto, unas cervezas, tabaco y música, las ganas y Brujas.