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Amantes

Tu idioma al parecer, como me lo cuentas, está lleno de matices, al contrario del que la gente de acá acostumbra a hablar. Estás en lo cierto, hay veces que nos entendemos tan poco, ellos, tú, yo. Silvana viene a comer el domingo por la noche. Cuando la llamé para saber cuál era ese queso que me hizo probar una tarde, este verano, en la que buzos y bufandas lo relativizaban, hasta tomamos unos mates sin pausarlos en ningún momento, se autoinvitó y me dijo que me traería un cuarto de kilo que ayer había comprado en la feria, por si surgía alguna juntada que justificara su superficie agujereada, su textura de color amarillo apagado y su suave cuerpo, y que lo picaríamos acompañado con un tinto que yo debo ir a comprar, porque lo vio en la licorería que está a unos metros, cuando salía de casa antes de ayer a la mañana, nos habíamos juntado la noche anterior a hablar sobre los horneros y sus nidos y terminamos picoteando el tiempo, se encaprichó con este vino porque tiene la imagen de un ejemplar volando sobre su etiqueta. Pero no creo que sea la cantidad de palabras inexistentes una excusa para pensar que Silvana trama algo que yo no he dicho, algo que no puedo expresar. Ahí erras, puedo comentarte con gran elocuencia a lo que viene Silvana, ella cree que las picadas se comparten, si no, hubiera preferido ahorrarse el tiempo de cortar, siguiendo, con ortodoxia, sus principios simétricos, el labor constante de su mano con el cuchillo, y habérselo comido como quien lo hace con una rebanada de sandía o de melón con jamón. Porque lo trae troceado, sí, nadie querría que el perfume de la noche fuera más lácteo que el de la luna, cuando esta nos muestra toda su forma, o de la galaxia misma, aun si lo podemos tener durante toda la velada en nuestras manos y no tan lejos. Pero con Silvana siempre nos hemos entendido, ¿o no ha sido así? Los matices aquí los vivimos, hacemos de ellos una paleta de posibilidades.

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Ok

Cuando no veo indirectas
se cuela la vida,
el desarrollo
lento y completo
de los momentos que nos quedan.

Sin la virulencia
de lo que de nosotros
se dice,
discurren las buenas decisiones
y los días saludables.

Porque no hay enemigos,
sino personas
siempre,
soy sordomudo,
pero no ciego, a veces.

Buenas nuevas

El heraldo tocó la puerta, pidió agua, primero, luego pan y una silla donde sentarse. Estaba exhausto y nervioso, pero cuando se repuso apenas, largó lo que venía a decir.
Nos dijo que no había candor que se comparara a los actos que en nuestra casa se practicaban, allá afuera se seguían deshaciendo en nombre de cosas que no eran propias de espíritu. Que en nuestro hogar, sin embargo, uno respiraba el apacible vapor de nuestras propias sustancias, sin miedo a envenenarse, sin miedo a acabar y perecer primero.
Nos despedimos del tipo, ya calmado, le dimos el resto que quedaba de pan con nueces para el camino, dejamos la puerta abierta y esperamos a que vinieran, de a uno, de a muchos, pero que vinieran.

La historia la escribe ella

He visto a la poetiza,
la del amor de antaño,
estrenando la vida nueva,
aún con pétalos de rosas,
de hecho, con un cargado ramo,
confiando en las florerías,
más que en la tierra en las manos,
pero de rodillas
y sentenciando el contrato.

Lo ha intentado tres veces
y en la tercera, la vencida,
lo único que ha encontrado
es un sachet de leche podrida.

Aún con trabas, callos y ojeras,
persevera la poetiza,
animan y reverdecen, sus letras,
como al pizarrón la tiza.

Entre los vericuetos soslayados
entendió que lo es todo, el horizonte,
viejo, pero renovado,
para emanciparse en el presente.

Décimas de los abriles

Vienen y dicen ser tinta,
hasta procuran volver,
porque aquel es mi deber,
poner letras en la quinta.
Se preocupan por la pinta,
quieren que las lean otros,
las contemplen como astros,
quieren merecer aquello
por lo que yo me atropello,
mis urgencias por tus rastros.

¿Quién habrá sido el primero
en descubrir los abriles
afuera de los atriles,
fuera de cualquier tintero?
Se merece, por pionero,
mis más sinceros respetos,
porque, aunque no son perfectos,
son auténticos sus días,
dulces como las sandías
y, por sobretodo, escuetos.

Tus pies pisando la acera
de baldosas conocidas,
mis ideas coloridas
sobre lo que persevera.
Tu presencia, mi escalera,
gurisa de ojos abiertos,
los faros de mis aciertos,
agradezco estar en foco,
porque, si no me equivoco,
aún nos miramos por ratos.

Hay que mirar más las hojas,
si están caídas sabrán,
comunicarnos podrán,
por qué en otoño sonrojas.
Por qué cualquiera que escojas
es amarilla o marrón,
parte de su colección
son, sin duda, tus mejillas,
que pasan de ser arcillas
a esto que es mi corazón.

¿Quién habrá sido el primero
en descubrir los abriles
afuera de los atriles,
fuera de cualquier tintero?
Se merece, por pionero,
mis más sinceros respetos,
porque, aunque no son perfectos,
son auténticos sus días,
dulces como las sandías
y, por sobretodo, escuetos.