Digale No! a la persecución

Saltaba de aquí para allá, pero daba saltos distintos cada vez que tocaba el piso. Una vez que encontraba el suelo ya no era la misma, un poco obvio. Pero por tan obvio que sea, no se debe pasar por alto. Por las consecuencias.
Todo se trataba de un juego, era un “Me quiere, no me quiere” y pétalo a pétalo, despegue a despegue, se apostaba mi vida. En ocasiones aprendía sobre los saltos, aprendía a persuadir, y llegaba hasta a administrar las pisadas, pero estas no eran las mías y entorpecía al mínimo cambio, así que siempre tenía que comenzar de nuevo y yo era el único que marchaba a veces, hacia atrás. Por mas lenta que fuera su marcha así no la alcanzaría nunca.
No perdía afecto en cada elevada zancada que agilmente realizaba, pero sí sentía que algo de mí se iba junto a ellas. La cordura tal vez.
Se repetirán en mi cabeza los golpes de sus zapatillas de gamuza verde musgo contra el piso y el encontronazo con charcos, más fuerte aún. Si había barro, las talle treinta y siete y medio se ensuciaban, pasaba lo mismo en terreno arcilloso, pero tampoco evitaba estos caminos.
Quien diría alguna vez, que andando contra obstáculos uno se hace fuerte, tuvo razón y me olvidó.

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