El último gajo del día

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El último gajo del día. Blanco, pero no de rendición.
Desgajamos nuestra estadía con mucho tiempo y poca paciencia, ya me habían advertido de esto en alguna que otra ocasión. Quien nos corre de atrás todavía es desconocido y mientras yo paro a enfrentarlo, vosotros, sí, vosotros seguís con una costumbre de que no sé qué de qué, y a seguir con vuestro ritmo, que nada os detengáis.
Ojo al piojo, no es una crítica, es un reconocimiento de la verdad diferente.
Diferencia poco mortal, poco desalentadora, quizás hasta lo contrario, a-len-ta-do-ra, y ni mella hago por esto, pero no voy a intentar cambiar al mundo, ni tampoco a mi mismo, quizás sí, las alarmas.
Algunos días consistieron en un paseo por calles empinadas y un almuerzo espinado, y casi me olvido, de un desayuno con pasteis y la penetradora y espontánea idea del ‘jamás sereis’, por decir algo. Risas. Si tan sólo me creyera… Yo a mí, me digo. ¡Pa! el vinho verde, dejo la copa.
No he venido por los azulejos, que además de tener un pasado, es preocupante, tienen un futuro más transparente que el mío, que no llego a atisbarlo siquiera. He llegado aquí, como llegué allá, a sacar mis propias conclusiones, y ahora que lo pienso, con esto alegraría a alguna maestra de primaria, que era a eso a lo que casi siempre atinaban, me contenta.

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