Disputa

Desafinaba sobre las doce y callaba allá, por el cansancio o cuando alguien se declaraba oficialmente sordo, y le avisaban. ¡Que no cunda el pánico!, los vecinos. Risas y puteadas, se mezclaban, de chiquillos revoltones y viejos amargos.

Se aburre, no le sale, se deprime y sube a la terraza. Allí desgasta y traumatiza de por vida a sus pulmones con humo. Ese cigarro inicialmente pensado para inspirar, no hace más que acortar el plazo de entrega.

Las cenizas, ¡fa, las cenizas! ¡Se me escapan! Dejé el cenicero adentro.

Uno no le presta atención a las cenizas que, al despegarse en seco del resto del tabaco, caen deliberadamente sobre el cenicero, transparente, o antiguamente blanco, ahora negro, o de madera y chamuscado. A veces quedan todavía ardiendo de manera uniforme o quedan grises moribundas, propensas a desvanecerse con tan solo un soplido, sin querer o queriendo, o permanecen firmes en su sitio. Hasta mañana.

Los Gauloises no los fumo, los leo, no me animo a hacerlo siquiera –tampoco se consiguen en este extremo del mundo- y aunque los cigarrillos ayer no eran esos, la cerveza no era la de siempre y mucho menos la compañía, lo relativo e irrelevante es mío, solo mío.

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