Ciegos y sordos

Entramos empapados, dejamos las botas secándose sobre el borde de la estufa y nos acurrucamos en el sillón de largo como una persona y ancho como una y media, y la mitad sobrante mía eras. Nos dormimos allí y desayunamos allí, corriendo, llegaríamos tarde al trabajo.
En nuestra media hora de descanso nos encontramos en el parque frente al edificio donde trabajabamos, nos abrazamos, nos besamos, nos apretamos y nos amasamos el pelo, los hombros, el culo y las piernas.
Nos miraban y nos percatamos, nos miraban con envidia o con extrañeza, hablaban y opinaban, y hasta ahí yo deseé. Allí moríamos. A partir de ese momento se nos desarmaba la boca al besar, desafinábamos al gemir y nuestros ojos eran dos polos iguales. Y al final fuimos tan sólo unos «compañeritos de clase» más.
No nos agobiaron las miradas ni los cuchicheos, sino que sentimos una enorme pena y repugnancia de habernos percatado.

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