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Relato

Mutual

El paso cortito y rápido, como quien está llegando tarde a algún lado, pero vos, ¿a dónde?
—Vamos a caminar en la arena, está la Ramírez a unas cuadras —le dije, señalándole la próxima calle que debíamos tomar para cumplir mi espontáneo deseo.
—Dale, vamos —. Siempre tan concisa que acalora.
Las cuadras las pasamos volando, disimulando las ganas de llegar. María delante, María detrás, parecía una carrera. Me di cuenta de cuán distantes estábamos, los dos en la misma acera, era la proximidad relativa.

María es rubia, el destello en mis sombras, unas pocas pecas posan sobre sus cachetes y su nariz puntiaguda, pequeña y acreedora de elogios de perfección. Tiene un rico muestrario de tics que cautivan lascivamente. Uno en la nariz, un deleite para los ojos ver aquel pichón de bruja de los setenta. Un segundo tic, que se manifiesta en la intimidad, la evidencia de su penetrante placer, son sus párpados en rítmicos espasmos. Un tercero que se da en las mismas circunstancias que el segundo, se muerde el labio de abajo y a uno le nace el éxtasis y la sangre le brota. Del sexo sabe lo que le gusta y me lo transmite silenciosamente con gestos y agarrones, mientras que, con su ojos grandes, medio achinados, transpone mi atención hacia donde quiere que toque, hacia donde quiere que chupe y meta la lengua. Es todo lo que ella quiere. Yo cumplo y es lo que ella quiere todo lo que yo quiero. Por lo menos lo era hasta hoy a la tarde, que fuimos a la playa Ramírez a caminar.

Bajábamos por la escalera hacia la playa cuando me transmitió su preocupación.
—¿Me tengo que sacar los championes?
—Si no querés, no —le dije, sin más.
—Bueno.
No se los sacó y bajó calzada. Le entraría arena por todos lados, arena fina, arena gruesa, hasta quizás algún caracol o en el peor de los casos mis insistencias, y en el agobio de escucharme revelar los secretos que subyacen en mis manías, nos pelearíamos y ella me respondería descalzándose.
No por curiosidad, no por querer satisfacerme realmente, se descalzó y se quedó paralizada ante la desequilibrada comodidad de sus pies, no podía moverse. No significaba un cambio en ella, nunca se desnudaría para mí, pensé.

Ahora pienso si habrá podido aguantar mi placer, si se habrá movido, si no la usarán de poste para poner una red de voley.

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