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Relato

Las dos vacas

El primer gato que probé estaba salado de más, lo lloré como se hace ante la muerte de un amigo, es que eso había sido y, claro, parte del llanto fue a parar a la carne del animal que, recostado sobre una parrilla improvisada sobre el cordón de una vereda, parecía estar mirándome de reojo, aún muerto. Fue difícil, pero tenía hambre.

Luego comencé a adoptar otros gatos, gatos que la gente tiraba en la calle y que las protectoras no podían aceptar por no dar abasto, por la guita que significaba mantenerlos. Comenzaron a conocerme como «el señor de los gatos» porque muchas veces los recibía directamente de las manos de algunas personas que se enteraban de que yo los aceptaba con gusto. Cajas, llenas de pequeñísimos gatos, que después procuraba adaptar para que tuvieran un espacio digno donde dormir. Después los vendía muy baratos, era cuestión de poner un precio, y muchos otros terminaron en una olla. Juro que no sufrían, eran muy chicos y tenía un hacha bien afilada que cortaba y no lamentaba, por el brillo de su filo.

La gente a partir de que me los confiaba parecía tener pérdida de memoria instantánea, nunca me vi obligado a devolver ninguno. Gracias a los gatos recuperé mis fuerzas y volví a trabajar, soy carpintero, fabrico casas de mascotas y para mis nietos esta historia comienza con dos vacas.

3 respuestas a “Las dos vacas”

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