En aquella península, por poco isla

—Aquí y ahora —dijo el gurí. Esa era la clave del wifi.

Me senté en la única mesa que quedaba afuera, chiquita y enclenque, pero útil. Solo necesitaba espacio para apoyar la computadora, el cenicero que robé de otra mesa y mis brazos, cansados de agitarlos, hacía rato, en calidad de señal hacia vos, Uli. No escatimé en descanso, para poder volver a anclar las ganas de que te dieras cuenta de mi presencia, si aún no lo habías hecho. Tengo la leve sospecha de que ya sí, pero ¿qué hago ahora, si no hay contexto, pero sí pretexto?
Si cuando te encuentro por ahí, es sinónimo de miseria yéndose a la mierda junto a lo que se llama futuro, y el presente se instala, se planta y bebe el agua de lluvia que las nubes negras le regalan, porque para él son serviciales y no un mal augurio.
Además, está la cuestión irrisoria, hormonal, que, luego de tu imagen, respirar, caminar o mantenerme simplemente de pie viene acompañado de un simún que nunca imaginé en el sur.
Cuando hablas es el sitar calmo e inductivo de los sueños, que, aunque casi nunca los recuerdo, adivino saludables y regeneradores. El primer despertar fue causal y el promontorio necesario para divisar mis intenciones, con las que luego me reuní en el pedestal que se encuentra en el lomo de una ballena.

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