Andan esas letras por la calle

Lo veo depresivamente animado, hablando solo o tarareando una canción que no conoce nadie. Lo llaman al teléfono y nos sorprendemos juntos, aunque él no sabe que yo, y no sé si alguien más, estoy de entrometido.
Se pone de espaldas al público que ha generado, al esperar alejado de la masa paciente se dio un papel bastante ampuloso. Parece hablar de la misma manera que cuando lo hacía en soledad. Sube las cejas como cuando los pensamientos concluyen y resuelven con la idea más trivial el problema más particular, como, por ejemplo, lo es tener antojo de algo dulce que se pueda comer a cualquier hora y en cualquier ocasión, mirando las olas que rompen contra el barco, en el Emir, y que nos recuerde a la niñez o la adolescencia, pero tenga sabor adulto, entonces, al rato, estar en Arleccino, eligiendo Monte Bianco, avellana y crema diplomática, ser un malabarista que encuentra espacio hasta para politizar el momento.
Cuando vino su bondi no lo vi subir, no vi siquiera su bondi, un fantasma, que, cuando percibió lo que era, se esfumó, un escritor de esos que piensa que lo que pronuncia no es ficción, que está sumergido en tantas verdades absolutas y solo le da para llegar a la etiqueta de publicista. De todos modos lo siguen leyendo.

Cuando llegué a Montevideo me fui para el café. Desde donde me senté veía, en la ventana del otro café de la misma calle, a un tipo que insultaba de la forma más rebuscada. Escribía sobre servilletas, empañaba el cristal y las pegaba sobre este, se daba el lujo de decorar con detalles los vértices y agregarle relieve a la tipografía. Para que llamara la atención, otro publicista, pensé.
Por ahí, pasaba un tipo y él buscaba una servilleta escrita en una perfecta cursiva serifada: Sorete. Luego un niño caminaba por la acera contraria y pegaba una que decía: Gurí de mierda, tenía una G mayúscula de lo más barroca. Entonces entendí, la razón de sus mensajes distaba del argumento de su obra, necesitaba una mano.
Cada vez que lo encontraba sentado allí, cruzaba y le arrimaba un par de libros, por lo cual parecía muy agradecido. Al tiempo, comencé a ver una evolución, pero preocupante, lo contrario de lo que esperaba, ahora sus letras ofendían de verdad: este mundo es una mentira; no podemos escapar de este sistema porque somos una manga de ignorantes o cagones. Como las reflexiones se volvieron más extensas y el artista más y más conocido, se acercaban multitudes a leerlo y mucho más era la negatividad que generaba internamente en la sociedad que se lo cruzaba. Había creado un monstruo, un pesimista más grande que yo. Dejé de pisar aquel lugar y ayer me puse a escribir este relato, pero porque el arte por el arte, porque necesitaba dejar de flaquear al ver el camino tan claro para algunos y tan oscuro para mí.

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