A veces un absurdo

En una fiesta muy buena onda, encontré a una amiga del liceo al que iba. Estaba detrás de unos arbustos, parecía estar vigilando a alguien.

—Te veo, no te escondás, vení, salí de entre las plantas —le dije, haciéndole señas.

Se acercó con el vaso en la mano y pegado a la panza, como quien no encuentra lugar en la barra y al rato anda con el brazo cansado.

—¿Cómo andás? —le pregunté.

—Bien, ¿vos? —me contestó, casi susurrando.

—Muy bien, ¿qué hacés acá? ¿Vos no ibas a estudiar ingeniería, economía o algo de eso?

—Y vos también, ingeniería, sí —dijo, y le cambió la cara. Supuse que le había parecido una pregunta hostil.

—Sí, pero ahora soy pintora, estudio en la Escuela de Bellas Artes de Rigoberto Arturo Salinas Linoldo, pero soy pintora —le contesté.

—Yo soy escritora.

—Me di cuenta, yo leo mucho, te leo, me dices cosas y te leo, ¿sacás?, quizás solo una persona lectora me hubiera contestado con lo que verdaderamente es, pero vos…, no leés, se nota, escribís sin leer, entonces, ¿cómo sabés contestarme así?. ¡Petulante!, venís de atrás de las plantas, con tu vaso, ¡prepotente!, y te hacés la escritora, pero las escritoras tienen que leer para escribir bien. —Y ya no sabía ni por qué me había calentado re.

—No sé leer.

—… ¿Cómo que no sabés leer? —Estaba shockeada.

—No sé leer, no sé leer.

—¿Y cómo escribís? —No me entraba.

—Con la boca, la lengua, te digo cosas y te escribo, ¿sacás?

—Saco. —Lo entendía, creí.

Nos comenzamos a chuponear. Efectivamente, era literatura, lo que nunca leo.

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