Buenas nuevas

El heraldo tocó la puerta, pidió agua, primero, luego pan y una silla donde sentarse. Estaba exhausto y nervioso, pero cuando se repuso apenas, largó lo que venía a decir.
Nos dijo que no había candor que se comparara a los actos que en nuestra casa se practicaban, allá afuera se seguían deshaciendo en nombre de cosas que no eran propias de espíritu. Que en nuestro hogar, sin embargo, uno respiraba el apacible vapor de nuestras propias sustancias, sin miedo a envenenarse, sin miedo a acabar y perecer primero.
Nos despedimos del tipo, ya calmado, le dimos el resto que quedaba de pan con nueces para el camino, dejamos la puerta abierta y esperamos a que vinieran, de a uno, de a muchos, pero que vinieran.

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