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Treinta mil cartuchos de más

Y, entonces, les maldije frente a sus casas de extensos jardines y ventanales, agarrándome con fuerza de las altas rejas que las separaban de la calle, mientras miraban, escuchaban y aprendían de sus gigantes pantallas planas más de sus esencialismos.

—¡Ojalá, entonces, que sus hijes les salgan putos, lesbianas y con consciencia de clase! —grité, en todas.

Llamaron al 911, alegaron que andaba difamando a sus futures hijes, que allí eran personas de bien, que la migraña se cura con pastillas, pero que la que les generé yo era virulenta. Y les policías intentaron imaginarse aquello y sintieron lo mismo que cuando llegan a sus casas luego de haber protagonizado o participado, durante y, algunas veces, fuera de su jornada, en fuertes y horrendas querellas y contiendas, pero esta vez con ritmo de aguja de reloj de pared. Eran tres, con poderosos calibres, me mataron entre 15 y 23 veces, descargaron hasta las balas que guardaban en la guantera, y en la morgue fui irreconocible frente a la mirada de mi vieja y mi vieje. A una artista fotógrafa se le ocurrió tomar una foto de lo que quedaba de mi cuerpo para luego, también, inmortalizarlo en mármol, hasta con el detalle del charco en el que me quedé un ratito chapoteando en silencio, pues me habían dejado muerto pero vivo, con las heridas gestionando mis nervios y estos mis músculos y articulaciones.

Al gobernador de lo ingobernable no le gustó, no le gustó a partir de allí, pero al parecer no le había gustado ni la causa ni el hecho de la existencia de la obrísima prima de artes plásticas de Matilde Sosa Fernández y mediante la extensión de su ideal hacia sus miembros más útiles, sus vasallos de la pulcra mediocridad militar y judicial, hizo caerle una demanda millonaria, sabiendo que podía pagarla, pues Matilde era ahora harta reconocida y su obra había cotizado en el mundo entero a un precio exuberante, un botín para la derecha, que donde veía una moneda pisaba fuerte y rápido.

Así fue como pagaron a otros países la importación de equipamiento para la defensa nacional, pues, además, al parecer, ni mi piel ni mi apellido eran muy yorugua.

3 respuestas a “Treinta mil cartuchos de más”

Sin entrar en el contenido y desarrollo del relato, que me parece muy bien, no entiendo algunas palabras como “yorugua”, “vieje” (por viejo), “hijes” (por hijos), “les policias” (por los policías) y creo más apropiado el vocablo “conciencia” que el de “consciencia” en el contexto del relato.
Aunque intuyo alguna intención en todo ello y esto del uso del lenguaje, opino que dificulta la comprensión, la enrarece y distrae. Pero el artista y el autor son dueños de sí mismos y sus obras. Abrazo y salud.

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